Turismo congelado: la inacción del Gobierno hunde la temporada de invierno y amenaza con desangrar las economías regionales
La temporada de invierno, que históricamente oxigenaba a cientos de localidades turísticas del país, está al borde del colapso. Con reservas estancadas, operadores desesperados y gobernadores en alerta, la crisis del turismo expone con crudeza la ausencia de un plan nacional para sostener la actividad que más empleo genera en el interior argentino. Mientras tanto, el Gobierno de Javier Milei se refugia en un discurso de libre mercado que, lejos de impulsar al sector, lo empuja hacia un abismo que amenaza con llevarse por delante a miles de trabajadores, pymes y economías regionales.
Los números no mienten: las reservas para las vacaciones de invierno están muy por debajo de las expectativas. En Bariloche, destino estratégico del turismo invernal, los operadores hablan de un nivel “plano”, con porcentajes de ocupación que no superan el 30% en muchos alojamientos, y con el riesgo real de que la temporada se convierta en la peor en más de una década. El dólar oficial barato, lejos de ser un incentivo para recibir extranjeros, está alimentando un fenómeno inverso: miles de argentinos aprovechan la oportunidad para viajar al exterior, donde los precios resultan más convenientes que vacacionar en su propio país.
“Hoy es más barato irse a Miami o al Caribe que quedarse en Argentina”, reconocen sin rodeos agentes de viaje que cada semana reciben cancelaciones y cambios de destino. Lo que antes era un lujo para pocos se volvió una opción accesible para sectores medios que eligen tomar distancia de un país en crisis, mientras destinos como Brasil y Chile refuerzan sus campañas para capturar a esos turistas con promociones agresivas.
La responsabilidad política es inocultable: tras la eliminación del programa Previaje —una herramienta clave para estimular el consumo interno que, en 2023, había permitido a millones de argentinos viajar por el país—, el Gobierno se limitó a un mensaje de “ajuste y libertad”. La decisión de desmantelar políticas activas dejó a las provincias a la deriva. Gobernadores de la Patagonia ya advirtieron que la caída del turismo invernal tendrá un impacto directo en la recaudación fiscal, el empleo estacional y la supervivencia de cientos de pymes hoteleras y gastronómicas.
Sergio Herrera, secretario de Turismo de Bariloche, describió el escenario como “una remake de Los juegos del hambre”, donde destinos que antes vivían temporadas exitosas ahora se ven obligados a pelear entre sí por los pocos turistas dispuestos a gastar. Andrés Deyá, presidente de la Federación Argentina de Asociaciones de Empresas de Viajes y Turismo (Faevyt), alertó que la situación es “heterogénea pero preocupante”, con los hoteles de lujo resistiendo y los medianos o pequeños al borde del cierre por falta de reservas.
Lejos de coordinar una estrategia federal, el Gobierno nacional se muestra indiferente ante los reclamos. Desde el Ministerio del Interior insisten en que el sector debe reacomodarse “naturalmente” al nuevo contexto económico, sin intervenciones ni programas de estímulo. Pero la realidad desmiente esa fe ciega en la autorregulación del mercado: provincias como Río Negro, Neuquén o Tierra del Fuego no pueden competir solas contra destinos extranjeros que ofrecen paquetes all inclusive a precios imbatibles, sostenidos por políticas de promoción fuertes y estabilidad económica.
Ante el desinterés de la Casa Rosada, gobernadores y cámaras empresarias lanzaron iniciativas aisladas como “Bariloche Sale”, acuerdos con bancos para financiar consumos y descuentos en comercios. Sin embargo, estas acciones se sienten como manotazos de ahogado: no logran revertir la desconfianza del consumidor ni contrarrestar la falta de un mensaje claro del Gobierno que respalde la actividad.
La caída del turismo no es un dato menor. Significa menos trabajo para mozos, recepcionistas, guías, remiseros, instructores de esquí, artesanos y comerciantes. Significa menos ingresos para municipios y provincias que dependen del movimiento invernal para sostener servicios básicos y mantener viva la economía en localidades que subsisten, casi exclusivamente, gracias al turismo.
La temporada aún no empezó formalmente, y los operadores sostienen un hilo de esperanza atado a la llegada de nevadas que activen las reservas de último momento. Pero el clima no alcanza para reemplazar a un Estado ausente. Con un invierno que se anticipa más frío que nunca, no solo en las montañas sino en la política económica, la responsabilidad de un posible desastre ya tiene dueño: un Gobierno que, por acción u omisión, decidió dejar congelado al turismo argentino en el peor momento posible.

